Alegato del caso Negreira
El Caso Negreira ha sido vendido como el gran escándalo del fútbol español, un supuesto intento del FC Barcelona por comprar favores arbitrales durante casi dos décadas. Sin embargo, cuando se separa el ruido mediático de los hechos acreditados, la realidad es mucho menos espectacular y mucho más incómoda: no hay pruebas de compra de árbitros, no hay árbitros investigados, no hay partidos señalados, no hay influencia deportiva demostrable. Lo que sí existe son pagos mal gestionados, informes reales, vídeos reales y un ecosistema arbitral históricamente opaco.
La pregunta no es solo qué ocurrió, sino cómo lo interpretamos. Y aquí entra en juego un elemento que rara vez aparece en los análisis contemporáneos: la memoria del aficionado. Cualquier seguidor del fútbol español con más de cincuenta años —es decir, que haya vivido los años 70, 80, 90 y 2000— conoce perfectamente un hecho que el relato actual finge olvidar: la historia arbitral española nunca ha sido neutral ni equilibrada.
Esto no es una teoría conspirativa. Es un registro emocional y documental, validado por décadas de polémicas, arbitrajes tendenciosos, decisiones inexplicables y una acumulación de errores que rara vez repartieron su daño de forma simétrica. Durante medio siglo, y especialmente en los partidos que decidían competiciones, el Real Madrid fue beneficiado con una frecuencia que cualquier análisis estadístico calificaría como excepcional, mientras que el perjudicado habitual —cuando la balanza importaba— era el Barça.
No hace falta convencer a nadie: los ojos de varias generaciones lo han visto.
Y este punto es crucial, porque el Barça no compite por la Liga contra Osasuna ni suele jugarse los títulos contra el Málaga, con todo mi respetos para estos dos históricos. Su rival directo es y ha sido siempre el mismo: el Real Madrid, un club históricamente arropado por las estructuras arbitrales, federativas y mediáticas del país. La hemeroteca está llena; la videoteca, también.
Resulta imposible entender el Caso Negreira sin recordar otro hecho silenciado: la élite arbitral y federativa española ha estado, durante décadas, estrechamente vinculada al Real Madrid. Presidentes del CTA socios del club blanco, dirigentes federativos abonados del Bernabéu, cargos institucionales que crecieron dentro o alrededor de ese ecosistema. Esto no los convierte inequívocamente en corruptos, pero sí en parte de un sistema desequilibrado donde la neutralidad nunca fue el punto de partida.
En ese contexto, la pregunta cambia por completo:
no es “¿por qué el Barça pagó por asesoramiento arbitral?”,
sino “¿por qué sintió que necesitaba asegurar neutralidad?”.
Cuando Enríquez Negreira declaró ante Hacienda que su función era “garantizar que no hubiera decisiones en contra”, la frase se interpretó como una confesión de amaño. Pero en realidad describe un movimiento defensivo, no ofensivo.
Un club que compra favores no pide neutralidad: pide privilegios.
Un club que teme ser perjudicado paga por tranquilidad institucional.
Y de hecho, garantizar la neutralidad no debería depender de un solo hombre, sino ser una responsabilidad compartida por todo el colectivo arbitral y por los estamentos que gobiernan el fútbol español.
Los informes existían.
Los vídeos existían.
Las jornadas estaban analizadas y los árbitros estudiados.
No había humo: había asesoramiento, tal vez sobrepagado, pero real.
Lo torpe fue la forma, no la intención probada.
Y el trasfondo es inequívoco: quien tiene el poder compra favores; quien se siente vulnerable intenta asegurarse neutralidad.
Esto desmonta por completo la narrativa del amaño. No limpia al Barça de ridiculeces administrativas, pero explica por qué un club de su tamaño sintió la necesidad de protegerse de un sistema que no consideraba neutral.
Porque el fútbol español ha vivido siempre en un terreno gris. No por conspiraciones sofisticadas, sino por inercias socioculturales, hábitos adquiridos, biografías repetidas. Directivos, árbitros y responsables que crecieron viendo al Real Madrid, simpatizando con él, sintiéndose parte de ese universo competitivo. No es delito: es sociología. Madridismo sociológico tal como acuñó muy acertadamente el actual presidente del Barça, señor Joan Laporta.
En un país donde los vínculos entre el poder arbitral y un mismo club han sido un hecho cultural —no penal— durante décadas, no debería sorprender que su máximo rival deportivo desarrollara mecanismos para evitar quedar expuesto. Un intento algo torpe, antiestético y propio de quien no domina los pasillos ni conoce las reglas informales del ecosistema, pero nada más.
Por eso es tan importante analizar el Caso Negreira con memoria, no con titulares. Porque un análisis sin contexto es un análisis cojo. Y fingir ignorancia ante más de medio siglo de desequilibrios es, sencillamente, manipular la mirada.
La herida del presidente del Real Madrid no nace del caso en sí, sino del desconcierto. Florentino siempre ha proyectado la imagen de tenerlo todo controlado, de anticiparlo todo, de que nada relevante se mueve en el fútbol español sin que pase antes por su despacho. Por eso este episodio le molesta más de lo que admite: porque su ego no tolera la posibilidad de haber perdido una pieza del tablero sin darse cuenta. Y aun así —con pataleta o sin ella— hay algo que ni él puede tachar del relato: los hechos constantes y verificables de un pasado arbitral que siempre cayó hacia el mismo lado.
La sombra del caso no está en lo que pasó, sino en cómo algunos decidieron contarlo; porque el fútbol no lo ensucia la realidad, sino quienes la falsean.